jueves, 21 de enero de 2016

RECONSTRUCCIÓN


A Samanta Schweblin


Esperé  todo el año y creo que, al fin, llegó el momento.
Lo mejor era hacerlo en otoño o primavera, cuando hay poca gente. Para el caso, hubiera sido lo mismo. Pero en esas épocas del año yo no tengo vacaciones.
Ahora sí, empieza enero y dispongo de dos semanas para hacer lo que se me cante.
Voy a tratar, simplemente, de reconstruir los hechos tal como fueron leídos.
Llegué a la conclusión de que esa es la única forma: reconstruirlos, y lo más fielmente posible. Quiero advertir que no soy ni policía, ni detective privado, ni forense.
Aprendí que cuando uno está obsesionado con algo lo mejor es expresarlo. Contarlo, por ejemplo,  podría ser una solución, pero se requiere una persona inteligente que escuche, alguien en quien se pueda confiar. En su juicio, digo, en sus razones. Tienen que parecer válidas sus interpretaciones. Y yo a ese no lo tengo. O más bien (digamos la verdad) este caso, especialmente complicado,  prefiero no contárselo a nadie. Resolverlo solo.
Fue así que se me ocurrió lo de la reconstrucción. ¿No es lo que se hace siempre que hay un crimen? Seguro que pasar por esa experiencia te aporta datos que antes no sabías (eso creo yo por lo menos).
Un mes antes de las vacaciones me fui por un fin de semana a la costa y encontré una casa que podía encajar con la reconstrucción. Era una casa vieja y un poco desvencijada en un balneario apartado y solitario. Eso estuvo bien.
Lo más difícil fue encontrar al cavador.
¡Bah!, cavadores hay por todos lados. Tipos que hacen pozos para piletas de natación, para encontrar las napas de agua o para hacer los cimientos de una casa.
Pero, ¿cómo explicarle al cavador que sólo tenía que cavar un pozo cerca de la casa que había alquilado? Seguro me iba a preguntar para qué quiero el pozo. Y yo no le iba a poder contestar: para la reconstrucción. ¿Qué reconstrucción?, me iba a preguntar.
Al final lo resolví de la siguiente manera (que es una forma en que se resuelven muchas cosas): “Vea, don, le pago doscientos pesos para que cave un pozo de un metro de diámetro y de una profundidad que le voy a decir sobre la marcha de cuánto va a ser y cien pesos más para no hacer preguntas”.
El primer tipo al que se lo planteé me mandó a la mierda.
El segundo estuvo interesado, pero pudo más su desconfianza y tampoco aceptó.
Mi hombre resultó ser el tercero. Tenía que ser un poco inescrupuloso. Iba a los mangos y le importó un pito para qué era. Un pragmático el tipo.
Lo más difícil fue convencerlo de que tenía que empezar a cavar varios días antes de que yo llegara. Tuve que pagarle doscientos y prometerle que le iba a dar los cien que faltaban cuando terminara. Aceptó a regañadientes.
Cuando todo estuvo organizado me volví a Buenos Aires.
Al mes regresé a la costa con mi auto. La noche anterior había leído todo por décima vez para no olvidarme de nada.
Llegué, dejé el auto cerca de la ruta porque no se podía seguir por la altura de los pastizales (ya había empezado la reconstrucción) y me encaminé hacia la casa. A unos pocos metros de la entrada tropecé con el cavador. Era hábil. El pozo tenía un metro de diámetro y una profundidad impredecible (no se veía el fondo). Le grité: “Oiga, don”.
Primero asomaron las manos y luego todo el cuerpo del cavador. “¿Sigo, patrón?”.
Asentí con la cabeza sin mucha convicción y me metí en la casa.
Decidí no salir por ese día y dedicarme a pensar. Estaba en medio de la reconstrucción.
A la mañana siguiente fui al almacén a comprar provisiones. No lo vi al cavador.
Cuando el almacenero me preguntó “¿cómo anda el cavador?”, me di cuenta de que a pesar de haber leído el manuscrito diez veces me había olvidado del detalle del almacenero. No había hablado previamente con él. No le había dado instrucciones. Y a pesar de no haberlo hecho él sabía que cerca de la casona de la playa había un cavador.
Volví a la casa. El cavador estaba junto al pozo y lo invité a refrescarnos juntos en el mar.
Era una día sin viento y las olas llegaban mansas a la orilla. El sol brillaba. Recuerdo que nadé un buen rato.
Cuando salí, el cavador no estaba. Fui hasta el pozo y allí tampoco lo encontré.
Por curiosidad tanteé los bordes del pozo. En varias partes la tierra cedió. Cayeron grandes terrones  haciendo un ruido seco contra el fondo.
De acuerdo con la reconstrucción tenía que ir a buscar una pala y tratar de reparar de algún modo los bordes. Estaba cansado. Resolví apartarme del libreto y parar. Descansar un rato.
Me senté en una vieja mecedora que estaba en el porche. Al rato dormitaba. Soñé con el cavador. El pozo es suyo, decía, el pozo es suyo.
Cuando desperté, ya era el atardecer.
Sentí que la reconstrucción estaba llegando al final y me estremecí.
Cuando llegué al pozo, noté que el cavador había mojado los bordes. Era inevitable. Resbalé y caí. Eso no estaba en el cuento que me obsesionaba hacía un par de años y tampoco era parte de la reconstrucción que estaba haciendo de él.
Seguí cayendo y cayendo. Parecía que el pozo no tenía fin.
Fue en ese momento que comprendí. Mientras caía, finalmente,  comprendí todo.