Sábado frío. Con
esa mezcla de bruma y día en blanco que invita a la melancolía.
Aunque ahora
estamos protegidos por enormes cúpulas transparentes, nos quedan reflejos de
cómo nos afectaban los cielos
grises.
El habitáculo que
ocupo, con sus paredes de un blanco brillante, es amplio, cómodo. Una mesa, dos sillas, algo parecido a lo que
llamábamos sommier, con un colchón
muy alto y blando cubierto por una tela
negra, forman el escaso mobiliario.
Al fondo, sobre un
largo estante, pueden observarse las bandejas con alimentos sintéticos, los
captadores de memoria, la enorme pantalla de cristal líquido. También una
carpeta de tapas amarillas que lleva inscripto un título en letras azules:
“Programa galáctico de encuentros”. La luz, intensa y uniforme, irradia una
sensación de paz.
Se abre la única
puerta, dos hombres lo apoyan, cuidadosamente, contra una de las paredes del
habitáculo y se retiran. Se acomoda en un rincón, como a la defensiva. Es alto
y fibroso.
Comienza a moverse
lentamente, como reptando. Pero en su sitio, sin avanzar.
Cualquiera diría
que me observa. Aunque no pude advertirle ojos. Estamos así un rato, quietos, observándonos.
Casi al acecho.
Las instrucciones de
la carpeta amarilla dicen que lo espere sobre el colchón.
Tengo puesta una
túnica liviana de un blanco transparente que se confunde con mi piel. Cuando me
acuesto, mi cuerpo queda dibujado sobre
la funda negra.
Pasa un tiempo, no
sé cuánto. Un sopor agradable me invade. Me quedo dormida.
Un sonido de algo
que se arrastra me despierta; se esparce por el piso moviéndose hacia mí. Me
rodea. Cuando al fin logra hacer contacto, no puedo evitar estremecerme. Un
calor me invade. Como una corriente, atraviesa todo mi cuerpo.
Las primeras fibras
se enrollan en mi brazo derecho. Sus terminales, como pequeñas almejas, se
posan sobre mi piel. Se abren y se cierran comprimiéndola, pellizcándola,
dejándome pequeñas manchas rosadas. Me surgen, espontáneamente, palabras
incoherentes de placer.
Aunque sé que no me
comprende, pareciera que lo invito a ser más audaz. Otras fibras, más largas,
se introducen debajo de mi túnica. Una, dos, varias a la vez, me van cubriendo
todo el cuerpo. Puedo moverme, pero no lo deseo. Decido quedarme quieta y dejarlo hacer.
Otra oleada de
calor, esta vez más fuerte, me vuelve a recorrer, se mete por todos mis poros. Atada
por ese ser fibroso me abandono cada vez más. Cuando toca mis partes más
sensibles, doy un respingo y se detiene. Permanece inmóvil. Como si no quisiera
hacerme sentir incómoda.
Cierro los ojos y
dejo de pensar. Trato de olvidarme de quién soy y qué hacemos. Me abandono a
mis sensaciones. Sensible, parece
entenderlo. Repta con toda su masa sobre mí, termina cubriéndome casi por
completo. Exacerba mi placer sentir que estoy atrapada. Ahora sí. No se
detiene. Recorre cada milímetro de mi cuerpo. Insiste, ya sin pudor, en las
zonas erógenas que me transportan a un goce sin límites. Comienzo a moverme como
puedo con él en una danza voluptuosa. Cerca de mi orgasmo, sus terminales
rosadas se ponen rojas, se enroscan en mi cuello. Cuanto más fuertes mis
gemidos, más me aprieta. Me pierdo en un torbellino de sensaciones. Mi mente no
existe, sólo mi cuerpo vibrando al unísono con el de él. Finalmente, lanzo un
grito ahogado y profundo.
Nos quedamos
enredados e inmóviles un largo rato.
Anochece cuando
suena el timbre. Con mucho cuidado lo levantan, se lo llevan.
A la mañana
siguiente, aún tibia y conmovida, salgo al jardín. A lo lejos, se recorta un
sol pálido que se abre paso entre las nubes grises.