viernes, 1 de julio de 2016

Cita a ciegas


Sábado frío. Con esa mezcla de bruma y día en blanco que invita a la melancolía.
Aunque ahora estamos protegidos por enormes cúpulas transparentes, nos quedan reflejos de cómo nos afectaban  los cielos grises.  
El habitáculo que ocupo, con sus paredes de un blanco brillante, es amplio, cómodo.  Una mesa, dos sillas, algo parecido a lo que llamábamos sommier, con un colchón muy  alto y blando cubierto por una tela negra, forman el escaso mobiliario.
Al fondo, sobre un largo estante, pueden observarse las bandejas con alimentos sintéticos, los captadores de memoria, la enorme pantalla de cristal líquido. También una carpeta de tapas amarillas que lleva inscripto un título en letras azules: “Programa galáctico de encuentros”. La luz, intensa y uniforme, irradia una sensación de paz.
Se abre la única puerta, dos hombres lo apoyan, cuidadosamente, contra una de las paredes del habitáculo y se retiran. Se acomoda en un rincón, como a la defensiva. Es alto y fibroso.
Comienza a moverse lentamente, como reptando. Pero en su sitio, sin avanzar.
Cualquiera diría que me observa. Aunque no pude advertirle ojos. Estamos así un rato, quietos, observándonos. Casi al acecho.
Las instrucciones de la carpeta amarilla dicen que lo espere sobre el colchón.
Tengo puesta una túnica liviana de un blanco transparente que se confunde con mi piel. Cuando me acuesto,  mi cuerpo queda dibujado sobre la funda negra.
Pasa un tiempo, no sé cuánto. Un sopor agradable me invade. Me quedo dormida.
Un sonido de algo que se arrastra me despierta; se esparce por el piso moviéndose hacia mí. Me rodea. Cuando al fin logra hacer contacto, no puedo evitar estremecerme. Un calor me invade. Como una corriente, atraviesa todo mi cuerpo.
Las primeras fibras se enrollan en mi brazo derecho. Sus terminales, como pequeñas almejas, se posan sobre mi piel. Se abren y se cierran comprimiéndola, pellizcándola, dejándome pequeñas manchas rosadas. Me surgen, espontáneamente, palabras incoherentes de placer.
Aunque sé que no me comprende, pareciera que lo invito a ser más audaz. Otras fibras, más largas, se introducen debajo de mi túnica. Una, dos, varias a la vez, me van cubriendo todo el cuerpo. Puedo moverme, pero no lo deseo. Decido quedarme quieta  y dejarlo hacer.
Otra oleada de calor, esta vez más fuerte, me vuelve a recorrer, se mete por todos mis poros. Atada por ese ser fibroso me abandono cada vez más. Cuando toca mis partes más sensibles, doy un respingo y se detiene. Permanece inmóvil. Como si no quisiera hacerme sentir incómoda.
Cierro los ojos y dejo de pensar. Trato de olvidarme de quién soy y qué hacemos. Me abandono a mis sensaciones. Sensible,  parece entenderlo. Repta con toda su masa sobre mí, termina cubriéndome casi por completo. Exacerba mi placer sentir que estoy atrapada. Ahora sí. No se detiene. Recorre cada milímetro de mi cuerpo. Insiste, ya sin pudor, en las zonas erógenas que me transportan a un goce sin límites. Comienzo a moverme como puedo con él en una danza voluptuosa. Cerca de mi orgasmo, sus terminales rosadas se ponen rojas, se enroscan en mi cuello. Cuanto más fuertes mis gemidos, más me aprieta. Me pierdo en un torbellino de sensaciones. Mi mente no existe, sólo mi cuerpo vibrando al unísono con el de él. Finalmente, lanzo un grito ahogado y profundo.
Nos quedamos enredados e inmóviles un largo rato.
Anochece cuando suena el timbre. Con mucho cuidado lo levantan, se lo llevan.
A la mañana siguiente, aún tibia y conmovida, salgo al jardín. A lo lejos, se recorta un sol pálido que se abre paso entre las nubes grises.