LO QUE SÉ
A partir de los quince años comencé a educarme
solo. Mamá leía a Moravia, papá el Digest y biografías de personajes como
Napoleón, para descifrar porqué habían sido exitosos. Veían películas de acción
o comedias de Doris Day. A los 18, “Jules et Jim”, que hasta hoy sigue siendo
mi película favorita, me mostró una relación diferente entre hombres y mujeres
que la que me habían enseñado mis padres. Iba al Lorraine todos los días. Ver
los primeros films de Bergman fue como seguir un curso intensivo sobre el amor,
el matrimonio, la pasión, la infidelidad. Después siguieron Fellini, Visconti,
Godard. Fueron años de genios.
Chandler, Hammet, Mac Coy, los policiales de la
serie negra me enseñaron como funcionaba el mundo. La frontera difusa entre el
bien y el mal. Que los ricos y poderosos podían manejar la ley a su antojo.
Nada era lo que aparentaba ser y había que moverse con cuidado.
Siempre quise expresarme. Soñaba con trabajar
de algo que me hiciera feliz y me pagaran por ello. Levantarme contento todas
las mañanas para ir a hacer eso que quería hacer. Ser arquitecto me lo permitió
durante varios años y aún hoy, cuando lo hago, me sigue emocionando. Ver hechas
en la realidad cosas que uno dibuja en un papel te crea sensaciones cercanas a
la felicidad.
Siempre me gustó escribir. Es otra forma de
expresarme. Lo mejor es que no hay clientes entre medio. Sólo lectores
anónimos. Pero no es sencillo publicar lo que uno escribe. Nada es perfecto.
Aun así, hay que ir en busca de lo que uno quiere ser. Es lo único que vale la
pena en la vida. Renunciar a eso es hundirse en la mediocridad. Prefiero la
lucha. La gente vive descontenta porque se la pasa haciendo cosas que no quiere
hacer.
La tensión, el exceso, me motiva. La paz, la
calma, la dejo para los veraneos. Me encanta sentarme en una reposera cómoda
mirando el mar. Me puedo quedar horas así, sin hacer nada. Odio trabajar cuando
estoy descansando.
Tuve amigos que usaban sus veraneos para ir de
campamento. Descansaban trabajando. Yo leo. Me pongo al día con los libros que
se fueron juntando durante el año. Vuelvo pleno de energía y cargado de las
vivencias de otras personas que es lo que me transmiten los buenos libros.
No se puede vivir con miedo. Es cierto que el
mundo es un sitio hostil, pero creo lo que te tenga que pasar, te pasará, no lo
podrás evitar. Sé que es una forma fatalista de ver las cosas pero es lo que me
permite vivir sin miedo. No soy tonto, no tomo riesgos inútiles, me cuido todo
lo que puedo, en todos los aspectos. Sólo tengo un momento a la mañana muy
temprano en que suelo despertarme aterrorizado por todo lo que me puede deparar
el día que se inicia: errores, fracasos, discusiones, accidentes. Mientras me
afeito, me visto, voy recuperándome y, cuando salgo a la calle, estoy entero.
Listo para enfrentar lo que me depare la vida.
Tengo cuatro hijos varones. No fui bendecido
por hijas mujeres como hubiera querido. Cuando son chicos te idolatran. Cuando
crecen te critican. Quieren ser diferentes. No importa que seas un buen tipo,
que hayas sido un buen padre, quieren ser distintos de vos. Crecen a tu costa.
Contra vos. Es doloroso, pero hay que entenderlo, es parte de su crecimiento y
hay que poder pasarlo.
Educar hijos es complicado. Hay que enseñarles
que el mundo no es lo que parece ser.
Que tienen que decodificar un continuo
bombardeo que viene de la calle, de la prensa, de la televisión, de otros
chicos que ven la realidad como se la hacen ver. De continuo tienen que
aprender a distinguir lo real de lo ficticio, lo verdadero de lo falso. Y aun
así, que hay leyes que son antipáticas pero que, para vivir en sociedad, hay
que respetarlas. No es un trabajo sencillo. Mis cuatro hijos lo entendieron y
eso me llena de satisfacción.
Mi padre quería a toda costa que trabajara con
él. Tenía un negocio de venta de productos de los más variados. Como no me
interesaba, me negué. Se ofendió. Pasó unos años sin hablarme. Hasta que un día
se acercó a la habitación donde yo dibujaba mis proyectos para la facultad y me
dijo: “Estoy contento que sigas Arquitectura, te va a ir bien”. Tres meses
después tuvo una obstrucción en la tráquea y murió. Yo tenía 22 y él 62. Hasta hoy bendigo su interés por
reconciliarse conmigo.
Nunca traté de influenciar a mis hijos para que
se dedicaran a esto o a lo otro. Me interesó que tuvieran los ojos bien
abiertos y que fueran buenas personas. Después, que hicieran lo que quisieran
con sus vidas.
Es tonto morirse. Se llega a la edad en que la
vida puede terminar en cualquier momento con una lucidez extraordinaria. Si
conseguimos llevarnos lo mejor posible con nuestro cuerpo, son los mejores
años. Los hijos son grandes, tienen sus vidas hechas y te podes dedicar a las
cosas que más te gustan. Llegará un día
en que la ciencia alargue la vida al doble o al triple de lo que hoy vivimos.
Va a ser hermoso poder vivir muchos años más después de haber llegado a la
madurez que se alcanza entre los 60 y los 80.