jueves, 31 de diciembre de 2015

CACHO






Suena el teléfono. Se me ocurre que es un ruido en medio de un sueño. No le doy bola, pero sigue sonando. Abro los ojos, miro el reloj. Las seis y media. ¿Quién será el boludo que se le ocurre llamar a esta hora? Tanteo en medio de la oscuridad hasta que encuentro el auricular. Lo levanto, me lo apoyo en la oreja que tengo libre con una puteada en la punta de la lengua. Del otro lado me llega un “hola” ronco, inconfundible.
Hola Cacho, ¿qué onda?, le digo. ¿Cómo qué hago?, estoy apoliyando. ¿Me olvidé, de qué me olvidé?  Pensé que era mañana, te lo juro por mi madre Cacho. Ya me levanto, ningún drama. A las doce estoy ahí, dalo por hecho. ¿Alguna vez te fallé?
Me doy vuelta, mi cuerpo se roza con el de la Yoli que me vuelve loco como el primer día. Tiene puesto un corpiño nada más, se lo desabrocho despacito, con cuidado, para no despertarla. Le meto una mano entre las piernas. Pega como un saltito, pero sigue durmiendo. Le acaricio los muslos tersos, los separo de a poquito y me monto con la pija a mil. Siempre que me llama Cacho y tengo que hacer un trabajo me pongo como loco. Tengo que coger, no puedo empezar el día sin coger. La Yoli está acostumbrada y me deja hacer. Cuando se la pongo se mueve despacio, entre despierta y dormida. Creo que ella sueña que garcha con otro. Me pongo un poco celoso, pero sigo. Le chupo las tetas, le muerdo los pezones. Entra a moverse un poco más. Entro y salgo varias veces. Está toda mojada, entonces se la dejo adentro más tiempo, la aprieto fuerte. Me enlaza el culo con las gambas y no me deja salir más. Me clava las uñas en la espalda. La agarro del pelo. Para que acabe tengo que agarrarle fuerte el pelo. Le meto la lengua en la boca. Me la muerde, me la chupa. Me vuelve loco la Yoli, estoy por reventar. Le digo boludeces al oído: putita dulce, cojona, te la recontrameto, ¿te gusta guachita? Le aprieto fuerte el cuello. Se oye un quejido largo. Yo grito como si fuera Tarzán. Nos quedamos quietos un rato. Me levanto. Le doy un último beso en una teta, la tapo. Se da vuelta para el lado de la pared y sigue durmiendo como si nada. Pero ya está, ya cogí; abro la ducha y le doy al agua fría para despertarme bien. Me seco, me pongo un jogging, una remera y subo al altillo. Hago diez abdominales, veinte barras, media hora de pesas de distintos tamaños. Cuando tengo algo que hacer quiero estar diez puntos. Si veo una mosca cerca quiero agarrarla al boleo de una. Vuelvo a ducharme, esta vez con agua tibia, afilo la navaja y me afeito. Para los días especiales elijo un vaquero y una camisa finoli que dejo fuera del pantalón para que no se vea la 38 que tengo contra la espalda. Le dejo una nota a la Yoli que no me espere, hoy vuelvo tarde, abro la puerta y salgo.
Está lindo el día, el sol está a full. Como tengo tiempo me doy una vuelta por el bar del Beto. Cuando nos miramos, él ya lo sabe. Un café negro bien caliente, una ginebra y el Clarín. Para entretenerme un rato con las boludeces que dicen los políticos, el choque del día, la dieta de la manzana. Le dejo un billete de cincuenta al Beto, junto dos dedos y me los llevo a la sien dos veces, él asiente con la cabeza. No hace falta decir nada. Salgo, busco un taxi. Elijo un coche piola con aire acondicionado. Al Paseo Alcorta, le digo. El tachero empieza a hablar como todos los de su gremio. Digo todo que sí mientras pienso: ¿quién será esta vez?
Son las once y media. Recorro la planta baja. Está lleno de minas garcas y tipos con corbata. Entro en un negocio de ropa cara. Pregunto el precio de una remera. El vendedor me mira con cara de “¿de dónde saliste, negro de mierda?” La llevo, le digo con sorna. Me la entrega en una bolsita pituca. Busco los baños, entro en uno, me cambio. Meto la camisa y la 38 en la bolsita. Subo en ascensor al piso de comidas. En el Mac Donald lo veo al Rolo. Hay un sobre marrón arriba de su mesa. Paso como si nada, haciéndome el distraído y levanto el sobre. Me siento en uno de los cafés, pido un cortado, saco la foto del sobre. Es de una rubia preciosa vestida con un pantaloncito, una prenda chiquita que parece una bikini y zapatos con tacos finitos y altos. Está apoyada sobre la barra de un boliche donde, por los chirimbolos que se ven detrás de ella, debe ir gente importante. ¿En qué lío se habrá metido esta pendeja? Porque no creo que tenga más de veintipico. Según Cacho, a las doce va a ir a retirar algo de un negocio enfrente de donde estoy sentado. Media hora después pasa al lado mío. Su piel muy blanca contrasta con la ropa negra que eligió ponerse hoy. Cuando sale del negocio con el paquete la increpa un tipo. Discuten, primero por lo bajo, después a los gritos. Al macho no lo conozco. Está bien vestido, entona con el lugar. La quiere llevar de un brazo, ella se resiste. Le da una cachetada. Me paro, dejo treinta mangos para el café y me acerco. Quiere dejar tranquila a la señorita por favor, le digo, muy educadito. “¿Y vos quién sos pelotudo?, rajá de acá”, me contesta. Le agarro el brazo, se lo tuerzo hasta casi quebrárselo. El tipo chilla como las ratas cuando caían en la trampera en la casa donde vivía cuando era pibe. Andate, le digo, desaparecé. Lo fulmino al tipo con mi mirada de tigre y se va apurado por la escalera mecánica que está al lado nuestro. Se acerca uno de seguridad. “¿Todo bien?”, le pregunta a la mina. Ella lloriquea, pero asiente. Cuando el milico se va nos quedamos mirándonos sin saber qué decir. Ella no sabe si agradecerme o rajar. Yo tengo que seguir las instrucciones de Cacho y dudo; pienso, por primera vez, que no quiero hacerlo. Y eso que no soy de esos boludos que se la pasan pensando en lo que van a hacer, en mi puta vida leí un libro, llegué a segundo grado y a duras penas aprendí a leer y escribir. Pero la pendeja es un encanto y yo estoy a mil. Me la quiero coger ahí mismo. Me la llevo a un baño y me la cojo. No es como la Yoli, no le sobra nada, pero tiene un perfume propio que me marea, ojeras debajo de los ojos, una mirada triste que me lo cuenta todo.
Vamos, le digo, te invito un café.
Durante media hora habla ella sola. Me importa un carajo lo que le pasa, pero la escucho, no sé qué mierda estoy haciendo sentado acá con esta mocosa, pero sigo mudo, escuchando. Al final, digo la boludez más grande de mi vida. Tranquila, vení conmigo. Bajamos por la otra escalera para que el Rolo no nos vea. Tomamos un taxi. Vamos al Aeroparque. Le saco un pasaje a Punta del Este donde me dijo que tiene una amiga. Tomá, te doy diez lucas, te va a alcanzar por un tiempo. No vuelvas por un rato largo, hacé la vida que quieras, la que a vos te gusta. Sos joven, te va a ir bien, la vida sonríe a los hermosos. Puta madre, ni yo me creo las taradeces que le digo. Ella deja de llorar. Toma mis  manos entre las suyas, me las besa con ternura. Nunca nadie hizo eso conmigo. Mi vieja estaba en otra. Mi viejo era un borracho, por cualquier pavada me fajaba.
Me quedo con ella hasta que la llaman para abordar. Gracias, me dice, no sé porqué lo hacés, pero te merecés lo mejor. Me da un beso de despedida en la mejilla. Yo la tomo de la cintura, la atraigo fuerte contra mi cuerpo, es algo lo más parecido a un abrazo que sé hacer. Por unos segundos quiero sentir su cuerpo, su piel contra la mía. Soy un baboso, pienso. Cuando sale a la pista, levanta el brazo, me saluda por última vez. Por los grandes ventanales la veo subir al ómnibus que la lleva al avión.
Mientras salgo del Aeroparque pienso en la Yoli, en el Rolo, el Beto y, por fin, en Cacho, en qué mierda le voy a decir, si es la pura verdad, nunca jamás le fallé.         


jueves, 24 de diciembre de 2015


MAREA ALTA




A nadie sorprendió esa muerte. Episodios desagradables como éste ya no conmovían. Tan ensimismados estaban todos en el devenir de sus propios problemas, que los demás no les interesaban.
En ese caluroso atardecer de verano del año 2020, mientras la gente volvía presurosa de sus trabajos a refugiarse bajo sus equipos de aire acondicionado, una mujer yacía en medio de la calzada, tapada por diarios viejos y bolsas de residuos. Al cruzar la calle, la violencia de un automóvil la había convertido en un molesto despojo. En una foto oscura y triste, perdida entre noticias más importantes en el diario del día siguiente.
Testigos decían haberla visto distraída. Otra vez, el peso de la culpa iba a caer sobre la víctima. Como una forma de admitir que la calle, ese invento que desde tiempo inmemorial separa a los transportes de los peatones, pertenece a los que manejan. Y que la gente de a pie debía respetar la prioridad, la urgencia de los vehículos que pasaban raudos, experimentando a pleno el placer, la prepotencia de la velocidad.
Cuando dos días después, un automóvil arremetió contra un refugio donde varias personas esperaban un ómnibus, mató a cuatro y siguió su camino, un hálito de preocupación se instaló entre la gente. Nadie pudo ver la chapa de ese vehículo ni aventurar una explicación de lo que había pasado. Esa misma tarde, en una de las avenidas más concurridas de la ciudad, mientras varios coches esperaban la luz verde, uno arrancó en forma inesperada atropellando a una mujer con un chico. Fue entonces que una nube de pánico se expandió por toda la ciudad.
Los expertos miraban las estadísticas. Mientras estos episodios se encontraran dentro de la media anual de muertes por accidentes de tránsito, decían, no había por qué alarmarse. Eran pequeñas manchas dentro del ritmo acelerado y  entusiasta de las grandes urbes. Un efecto indeseado causado por los nuevos modelos que salían al mercado, pletóricos de adelantos técnicos.
Un mes después, todas las comisarías de la ciudad enviaron sus informes a la central. Recién en ese momento, pudo verificarse que estaba pasando algo fuera de lo común. La información remitida no hacía más que mostrar en las planillas lo que ya era visible en las calles: los vehículos arrollaban a la gente y huían. Es más, se protegían entre sí obstaculizando el accionar de la policía.
En poco tiempo, el problema se extendió como una epidemia. El efecto contagio estaba a la vista. Los automovilistas se animaban unos a otros a ingresar en la cofradía de los atropelladores, competían entre sí para ser los primeros en perseguir y derribar a los peatones más débiles e indefensos.
Los que eran detenidos, al ser indagados, contestaban a coro que el episodio había ocurrido por el descuido del que cruzaba, por su falta de atención. Y pasaba lo de siempre, salían libres.
Los testigos que se atrevían a declarar en contra de los automovilistas aparecían muertos en alguna esquina de la ciudad con un cartel intimidatorio pegado en el pecho.
La gente comenzó a salir poco o a no salir. Muchos compraron automóviles, las fábricas no daban abasto. Se pasaron de amenazados a amenazantes, de víctimas a victimarios, para poder gozar de los muchos clubes formados al calor de la sangre esparcida y los cuerpos mutilados, donde se contaban decenas de anécdotas, cuanto más crueles más festejadas. 
Mientras las mentes más sensatas trataban de entender lo que ocurría, convocando a reuniones en los más diversos foros, la prensa, los llamados diarios serios, adoptaron una actitud simple y contundente, el Estado tenía la culpa de todo lo que estaba pasando. La televisión acompañaba, repitiendo con imágenes, la misma jerga de los diarios.
Los ciudadanos de a pie, que seguían siendo muchos, estaban arrinconados entre los bestiales conductores por un lado, y la policía por otro, que dudaba entre proteger a los atacados o plegarse al grupo depredador  con su variedad de equipos motorizados.
Los pocos pensadores libres que tenían la audacia de disentir con la mirada impuesta por la prensa, no se dedicaban a buscar chivos expiatorios, analizaban con inteligencia las posibles causas del fenómeno, tratando de encontrar soluciones de fondo. Por desgracia, su repercusión y alcance práctico era muy limitado y, en muchos casos, silenciado.
Fue en esos días en que las agresiones recrudecían que los jóvenes tomaron una determinación.
Los primeros en rebelarse fueron los de secundaria. Fueron armando sus estrategias a través de las redes sociales hasta ponerse de acuerdo. No irían más al colegio. No hubo argumentos que los convencieran. Algunos padres, los más violentos, llevaron a sus hijos por la fuerza. Pero era imposible dar clase. Los chicos se escapaban de las aulas agrupándose en los patios de las escuelas y allí, celebraban sus asambleas, decidían seguir resistiendo.
Al poco tiempo, se plegaron los universitarios. Concurrían a las facultades pero elegían sus propios profesores. Se daban clases sobre el tema que más preocupaba. Cómo y por qué se había llegado a esta situación y de qué forma parar a la jauría de asesinos sobre ruedas que envilecía a la sociedad con su descontrol y su sed de sangre.
Ante esta situación, la preocupación social estaba dividida. Muchos pensaban que la educación no era primordial. Si los jóvenes no querían estudiar, que no lo hicieran. Se ahorraría una gran cantidad de dinero que podría utilizarse para otros fines, para ellos, más importantes. Los más audaces proponían bajar los impuestos, considerando las partidas que ya no sería necesario recaudar.
Los maestros desocupados se organizaron en brigadas que asaltaban los supermercados y las tiendas. La policía no alcanzaba a poder reprimirlos, tan ocupada estaba en defender peatones o atropellarlos.
Los más chicos no podían quedarse solos todo el día y las madres desertaban en masa a sus trabajos para poder cuidarlos. La situación, lejos de solucionarse, empeoraba.
Transcurrido un tiempo, la industria ligada a la educación quebró, como muchas otras, y comenzaron a escasear los profesionales. La salud de la población fue deteriorándose rápidamente. Los hospitales cerraban, la gente enferma deambulaba por las calles. Algunos morían atropellados por los feroces automovilistas, otros, exhalaban su último suspiro en la soledad de los parques.
En ese contexto desolador, grupos de hombres, mujeres y niños comenzaron a reunirse en  lejanos e inaccesibles lugares costeros. Invadían las playas o las zonas rocosas que quedaban al descubierto con la marea baja y caminaban hasta la orilla del mar. Allí se sentaban formando un círculo. Algunos cantaban, otros meditaban con la vista fija en el horizonte. Cuando la marea crecía, se tomaban de las manos hasta que el mar los cubría. Y así los encontraban los guardacostas que patrullaban la zona. En distintos puntos de la extensa costa marina del país, se fueron repitiendo estos episodios. Parecía imposible controlarlos, no había hombres ni máquinas suficientes. Y lo más grave, ni siquiera el suficiente empeño para hacerlo. Estos grupos solían armarse en el silencio y la oscuridad de la noche y esperar así la llegada de la marea alta. De esa manera, se hacía todavía más difícil localizarlos.
Por primera vez, los diarios y la televisión, las mayorías convencidas, atónitos, no sabían qué decir. Aunque muchos, en secreto, aplaudían la decisión de los que se inmolaban. Siempre habían pensado que reducir la población era una buena forma de solucionar los problemas económicos y sociales, las crisis reiteradas que los aquejaban.
Barrios enteros quedaron desiertos. Unos partían hacia las playas, otros, con rumbos desconocidos.
Los jefes de las bandas de atropelladores, frustrados por la ausencia de sus presas, trataron de reunirse con el poder político y plantear sus exigencias. Ya era tarde. Quedaban muy pocos funcionarios y casi nadie para ejecutar las órdenes que se hubiesen impartido.
La frustración los enfurecía aún más. En el paroxismo de su locura, organizaron grandes torneos en los tramos rectos más largos de las carreteras donde se enfrentaron entre ellos hasta extinguirse casi por completo. Los pocos que quedaron, aislados, desbarrancaban  sus autos desde lo alto de las montañas.
Sólo cuando se hizo evidente que la epidemia de furia desenfrenada había cedido, los que se ofrecían a las mareas altas comenzaron a desistir de sus intentos. Diezmados y temerosos, los sobrevivientes fueron volviendo poco a poco a las ciudades para sumarse al lento y difícil proceso de reconstruirlas. A pesar de su fe en el futuro, nunca dejaron de estar alertas, de vivir con el temor de que, en cualquier momento, un rebrote podía devolverlos al  infierno por el que habían pasado.


domingo, 20 de diciembre de 2015

FARIDABAD




Al fin resolví lo que debía hacer. Reuní mis ahorros y compré un pasaje de ida a Calcuta. Organicé mis cosas y, a los pocos días, partí. Veinte horas después, aterrizamos en suelo hindú.
Busqué un taxi. Me hice entender por señas que quería ir a la terminal de ómnibus. Allí saqué un boleto para la ciudad de Faridabad, en el estado de Haryana, cerca de la frontera entre India y Pakistán.
Luego de un larguísimo traqueteo en ese pequeño transporte en medio de un ambiente irrespirable llegué a mi destino. Tomé impulso y me lancé a caminar sin rumbo fijo.
Dicen los que saben que hay dos maneras de conseguir que las pesadillas reiteradas no se vuelvan a repetir: una es escribirlas. Reproducir con minucioso detalle todo lo que ocurre en ellas. La otra es vivirlas.
Como no soy muy bueno para escribir, elegí la segunda.

Solo, sin un centavo, apenas con la ropa que llevo puesta y sin entender una palabra, me interno cada vez más en la ciudad desconocida. Para terminar con esta agonía y, quizás, recién entonces, poder dormir serenamente.