Suena el teléfono. Se me ocurre que
es un ruido en medio de un sueño. No le doy bola, pero sigue sonando. Abro los
ojos, miro el reloj. Las seis y media. ¿Quién será el boludo que se le ocurre
llamar a esta hora? Tanteo en medio de la oscuridad hasta que encuentro el
auricular. Lo levanto, me lo apoyo en la oreja que tengo libre con una puteada
en la punta de la lengua. Del otro lado me llega un “hola” ronco,
inconfundible.
Hola Cacho, ¿qué onda?, le digo.
¿Cómo qué hago?, estoy apoliyando. ¿Me olvidé, de qué me olvidé? Pensé que era mañana, te lo juro por mi madre
Cacho. Ya me levanto, ningún drama. A las doce estoy ahí, dalo por hecho.
¿Alguna vez te fallé?
Me doy vuelta, mi cuerpo se roza con
el de la Yoli
que me vuelve loco como el primer día. Tiene puesto un corpiño nada más, se lo
desabrocho despacito, con cuidado, para no despertarla. Le meto una mano entre
las piernas. Pega como un saltito, pero sigue durmiendo. Le acaricio los muslos
tersos, los separo de a poquito y me monto con la pija a mil. Siempre que me
llama Cacho y tengo que hacer un trabajo me pongo como loco. Tengo que coger, no
puedo empezar el día sin coger. La
Yoli está acostumbrada y me deja hacer. Cuando se la pongo se
mueve despacio, entre despierta y dormida. Creo que ella sueña que garcha con
otro. Me pongo un poco celoso, pero sigo. Le chupo las tetas, le muerdo los
pezones. Entra a moverse un poco más. Entro y salgo varias veces. Está toda
mojada, entonces se la dejo adentro más tiempo, la aprieto fuerte. Me enlaza el
culo con las gambas y no me deja salir más. Me clava las uñas en la espalda. La
agarro del pelo. Para que acabe tengo que agarrarle fuerte el pelo. Le meto la
lengua en la boca. Me la muerde, me la chupa. Me vuelve loco la Yoli , estoy por reventar. Le
digo boludeces al oído: putita dulce, cojona, te la recontrameto, ¿te gusta
guachita? Le aprieto fuerte el cuello. Se oye un quejido largo. Yo grito como
si fuera Tarzán. Nos quedamos quietos un rato. Me levanto. Le doy un último
beso en una teta, la tapo. Se da vuelta para el lado de la pared y sigue durmiendo
como si nada. Pero ya está, ya cogí; abro la ducha y le doy al agua fría para
despertarme bien. Me seco, me pongo un jogging, una remera y subo al altillo.
Hago diez abdominales, veinte barras, media hora de pesas de distintos tamaños.
Cuando tengo algo que hacer quiero estar diez puntos. Si veo una mosca cerca
quiero agarrarla al boleo de una. Vuelvo a ducharme, esta vez con agua tibia,
afilo la navaja y me afeito. Para los días especiales elijo un vaquero y una
camisa finoli que dejo fuera del pantalón para que no se vea la 38 que tengo
contra la espalda. Le dejo una nota a la Yoli que no me espere, hoy vuelvo tarde, abro la
puerta y salgo.
Está lindo el día, el sol está a
full. Como tengo tiempo me doy una vuelta por el bar del Beto. Cuando nos miramos,
él ya lo sabe. Un café negro bien caliente, una ginebra y el Clarín. Para
entretenerme un rato con las boludeces que dicen los políticos, el choque del
día, la dieta de la manzana. Le dejo un billete de cincuenta al Beto, junto dos
dedos y me los llevo a la sien dos veces, él asiente con la cabeza. No hace
falta decir nada. Salgo, busco un taxi. Elijo un coche piola con aire
acondicionado. Al Paseo Alcorta, le digo. El tachero empieza a hablar como todos
los de su gremio. Digo todo que sí mientras pienso: ¿quién será esta vez?
Son las once y media. Recorro la
planta baja. Está lleno de minas garcas y tipos con corbata. Entro en un
negocio de ropa cara. Pregunto el precio de una remera. El vendedor me mira con
cara de “¿de dónde saliste, negro de mierda?” La llevo, le digo con sorna. Me
la entrega en una bolsita pituca. Busco los baños, entro en uno, me cambio.
Meto la camisa y la 38 en la bolsita. Subo en ascensor al piso de comidas. En el
Mac Donald lo veo al Rolo. Hay un sobre marrón arriba de su mesa. Paso como si
nada, haciéndome el distraído y levanto el sobre. Me siento en uno de los cafés,
pido un cortado, saco la foto del sobre. Es de una rubia preciosa vestida con
un pantaloncito, una prenda chiquita que parece una bikini y zapatos con tacos
finitos y altos. Está apoyada sobre la barra de un boliche donde, por los
chirimbolos que se ven detrás de ella, debe ir gente importante. ¿En qué lío se
habrá metido esta pendeja? Porque no creo que tenga más de veintipico. Según
Cacho, a las doce va a ir a retirar algo de un negocio enfrente de donde estoy
sentado. Media hora después pasa al lado mío. Su piel muy blanca contrasta con
la ropa negra que eligió ponerse hoy. Cuando sale del negocio con el paquete la
increpa un tipo. Discuten, primero por lo bajo, después a los gritos. Al macho
no lo conozco. Está bien vestido, entona con el lugar. La quiere llevar de un
brazo, ella se resiste. Le da una cachetada. Me paro, dejo treinta mangos para
el café y me acerco. Quiere dejar tranquila a la señorita por favor, le digo,
muy educadito. “¿Y vos quién sos pelotudo?, rajá de acá”, me contesta. Le
agarro el brazo, se lo tuerzo hasta casi quebrárselo. El tipo chilla como las ratas
cuando caían en la trampera en la casa donde vivía cuando era pibe. Andate, le
digo, desaparecé. Lo fulmino al tipo con mi mirada de tigre y se va apurado por
la escalera mecánica que está al lado nuestro. Se acerca uno de seguridad. “¿Todo
bien?”, le pregunta a la mina. Ella lloriquea, pero asiente. Cuando el milico
se va nos quedamos mirándonos sin saber qué decir. Ella no sabe si agradecerme
o rajar. Yo tengo que seguir las instrucciones de Cacho y dudo; pienso, por
primera vez, que no quiero hacerlo. Y eso que no soy de esos boludos que se la
pasan pensando en lo que van a hacer, en mi puta vida leí un libro, llegué a
segundo grado y a duras penas aprendí a leer y escribir. Pero la pendeja es un
encanto y yo estoy a mil. Me la quiero coger ahí mismo. Me la llevo a un baño y
me la cojo. No es como la Yoli ,
no le sobra nada, pero tiene un perfume propio que me marea, ojeras debajo de
los ojos, una mirada triste que me lo cuenta todo.
Vamos, le digo, te invito un café.
Durante media hora habla ella sola.
Me importa un carajo lo que le pasa, pero la escucho, no sé qué mierda estoy
haciendo sentado acá con esta mocosa, pero sigo mudo, escuchando. Al final,
digo la boludez más grande de mi vida. Tranquila, vení conmigo. Bajamos por la
otra escalera para que el Rolo no nos vea. Tomamos un taxi. Vamos al
Aeroparque. Le saco un pasaje a Punta del Este donde me dijo que tiene una
amiga. Tomá, te doy diez lucas, te va a alcanzar por un tiempo. No vuelvas por
un rato largo, hacé la vida que quieras, la que a vos te gusta. Sos joven, te
va a ir bien, la vida sonríe a los hermosos. Puta madre, ni yo me creo las taradeces
que le digo. Ella deja de llorar. Toma mis manos entre las suyas, me las besa con
ternura. Nunca nadie hizo eso conmigo. Mi vieja estaba en otra. Mi viejo era un
borracho, por cualquier pavada me fajaba.
Me quedo con ella hasta que la
llaman para abordar. Gracias, me dice, no sé porqué lo hacés, pero te merecés
lo mejor. Me da un beso de despedida en la mejilla. Yo la tomo de la cintura, la
atraigo fuerte contra mi cuerpo, es algo lo más parecido a un abrazo que sé
hacer. Por unos segundos quiero sentir su cuerpo, su piel contra la mía. Soy un
baboso, pienso. Cuando sale a la pista, levanta el brazo, me saluda por última
vez. Por los grandes ventanales la veo subir al ómnibus que la lleva al avión.
Mientras salgo del Aeroparque pienso
en la Yoli , en el
Rolo, el Beto y, por fin, en Cacho, en qué mierda le voy a decir, si es la pura
verdad, nunca jamás le fallé.