MAREA
ALTA
A
nadie sorprendió esa muerte. Episodios desagradables como éste ya no conmovían.
Tan ensimismados estaban todos en el devenir de sus propios problemas, que los
demás no les interesaban.
En ese caluroso
atardecer de verano del año 2020, mientras la gente volvía presurosa de sus
trabajos a refugiarse bajo sus equipos de aire acondicionado, una mujer yacía
en medio de la calzada, tapada por diarios viejos y bolsas de residuos. Al
cruzar la calle, la violencia de un automóvil la había convertido en un molesto
despojo. En una foto oscura y triste, perdida entre noticias más importantes en
el diario del día siguiente.
Testigos decían
haberla visto distraída. Otra vez, el peso de la culpa iba a caer sobre la
víctima. Como una forma de admitir que la calle, ese invento que desde tiempo
inmemorial separa a los transportes de los peatones, pertenece a los que manejan.
Y que la gente de a pie debía respetar la prioridad, la urgencia de los
vehículos que pasaban raudos, experimentando a pleno el placer, la prepotencia
de la velocidad.
Cuando
dos días después, un automóvil arremetió contra un refugio donde varias
personas esperaban un ómnibus, mató a cuatro y siguió su camino, un hálito de
preocupación se instaló entre la gente. Nadie pudo ver la chapa de ese vehículo
ni aventurar una explicación de lo que había pasado. Esa misma tarde, en una de
las avenidas más concurridas de la ciudad, mientras varios coches esperaban la
luz verde, uno arrancó en forma inesperada atropellando a una mujer con un
chico. Fue entonces que una nube de pánico se expandió por toda la ciudad.
Los
expertos miraban las estadísticas. Mientras estos episodios se encontraran
dentro de la media anual de muertes por accidentes de tránsito, decían, no
había por qué alarmarse. Eran pequeñas manchas dentro del ritmo acelerado
y entusiasta de las grandes urbes. Un
efecto indeseado causado por los nuevos modelos que salían al mercado,
pletóricos de adelantos técnicos.
Un
mes después, todas las comisarías de la ciudad enviaron sus informes a la
central. Recién en ese momento, pudo verificarse que estaba pasando algo fuera
de lo común. La información remitida no hacía más que mostrar en las planillas
lo que ya era visible en las calles: los vehículos arrollaban a la gente y
huían. Es más, se protegían entre sí obstaculizando el accionar de la policía.
En
poco tiempo, el problema se extendió como una epidemia. El efecto contagio
estaba a la vista. Los automovilistas se animaban unos a otros a ingresar en la
cofradía de los atropelladores, competían entre sí para ser los primeros en
perseguir y derribar a los peatones más débiles e indefensos.
Los
que eran detenidos, al ser indagados, contestaban a coro que el episodio había
ocurrido por el descuido del que cruzaba, por su falta de atención. Y pasaba lo
de siempre, salían libres.
Los
testigos que se atrevían a declarar en contra de los automovilistas aparecían
muertos en alguna esquina de la ciudad con un cartel intimidatorio pegado en el
pecho.
La
gente comenzó a salir poco o a no salir. Muchos compraron automóviles, las
fábricas no daban abasto. Se pasaron de amenazados a amenazantes, de víctimas a
victimarios, para poder gozar de los muchos clubes formados al calor de la
sangre esparcida y los cuerpos mutilados, donde se contaban decenas de anécdotas,
cuanto más crueles más festejadas.
Mientras
las mentes más sensatas trataban de entender lo que ocurría, convocando a
reuniones en los más diversos foros, la prensa, los llamados diarios serios,
adoptaron una actitud simple y contundente, el Estado tenía la culpa de todo lo
que estaba pasando. La televisión acompañaba, repitiendo con imágenes, la misma
jerga de los diarios.
Los
ciudadanos de a pie, que seguían siendo muchos, estaban arrinconados entre los
bestiales conductores por un lado, y la policía por otro, que dudaba entre
proteger a los atacados o plegarse al grupo depredador con su variedad de equipos motorizados.
Los
pocos pensadores libres que tenían la audacia de disentir con la mirada
impuesta por la prensa, no se dedicaban a buscar chivos expiatorios, analizaban
con inteligencia las posibles causas del fenómeno, tratando de encontrar
soluciones de fondo. Por desgracia, su repercusión y alcance práctico era muy
limitado y, en muchos casos, silenciado.
Fue
en esos días en que las agresiones recrudecían que los jóvenes tomaron una
determinación.
Los
primeros en rebelarse fueron los de secundaria. Fueron armando sus estrategias
a través de las redes sociales hasta ponerse de acuerdo. No irían más al
colegio. No hubo argumentos que los convencieran. Algunos padres, los más
violentos, llevaron a sus hijos por la fuerza. Pero era imposible dar clase. Los
chicos se escapaban de las aulas agrupándose en los patios de las escuelas y
allí, celebraban sus asambleas, decidían seguir resistiendo.
Al
poco tiempo, se plegaron los universitarios. Concurrían a las facultades pero
elegían sus propios profesores. Se daban clases sobre el tema que más
preocupaba. Cómo y por qué se había llegado a esta situación y de qué forma
parar a la jauría de asesinos sobre ruedas que envilecía a la sociedad con su
descontrol y su sed de sangre.
Ante
esta situación, la preocupación social estaba dividida. Muchos pensaban que la
educación no era primordial. Si los jóvenes no querían estudiar, que no lo
hicieran. Se ahorraría una gran cantidad de dinero que podría utilizarse para
otros fines, para ellos, más importantes. Los más audaces proponían bajar los
impuestos, considerando las partidas que ya no sería necesario recaudar.
Los
maestros desocupados se organizaron en brigadas que asaltaban los supermercados
y las tiendas. La policía no alcanzaba a poder reprimirlos, tan ocupada estaba
en defender peatones o atropellarlos.
Los
más chicos no podían quedarse solos todo el día y las madres desertaban en masa
a sus trabajos para poder cuidarlos. La situación, lejos de solucionarse, empeoraba.
Transcurrido
un tiempo, la industria ligada a la educación quebró, como muchas otras, y
comenzaron a escasear los profesionales. La salud de la población fue
deteriorándose rápidamente. Los hospitales cerraban, la gente enferma
deambulaba por las calles. Algunos morían atropellados por los feroces
automovilistas, otros, exhalaban su último suspiro en la soledad de los
parques.
En
ese contexto desolador, grupos de hombres, mujeres y niños comenzaron a
reunirse en lejanos e inaccesibles
lugares costeros. Invadían las playas o las zonas rocosas que quedaban al
descubierto con la marea baja y caminaban hasta la orilla del mar. Allí se
sentaban formando un círculo. Algunos cantaban, otros meditaban con la vista
fija en el horizonte. Cuando la marea crecía, se tomaban de las manos hasta que
el mar los cubría. Y así los encontraban los guardacostas que patrullaban la
zona. En distintos puntos de la extensa costa marina del país, se fueron
repitiendo estos episodios. Parecía imposible controlarlos, no había hombres ni
máquinas suficientes. Y lo más grave, ni siquiera el suficiente empeño para
hacerlo. Estos grupos solían armarse en el silencio y la oscuridad de la noche
y esperar así la llegada de la marea alta. De esa manera, se hacía todavía más
difícil localizarlos.
Por
primera vez, los diarios y la televisión, las mayorías convencidas, atónitos,
no sabían qué decir. Aunque muchos, en secreto, aplaudían la decisión de los
que se inmolaban. Siempre habían pensado que reducir la población era una buena
forma de solucionar los problemas económicos y sociales, las crisis reiteradas
que los aquejaban.
Barrios
enteros quedaron desiertos. Unos partían hacia las playas, otros, con rumbos
desconocidos.
Los
jefes de las bandas de atropelladores, frustrados por la ausencia de sus
presas, trataron de reunirse con el poder político y plantear sus exigencias.
Ya era tarde. Quedaban muy pocos funcionarios y casi nadie para ejecutar las
órdenes que se hubiesen impartido.
La
frustración los enfurecía aún más. En el paroxismo de su locura, organizaron
grandes torneos en los tramos rectos más largos de las carreteras donde se
enfrentaron entre ellos hasta extinguirse casi por completo. Los pocos que
quedaron, aislados, desbarrancaban sus
autos desde lo alto de las montañas.
Sólo
cuando se hizo evidente que la epidemia de furia desenfrenada había cedido, los
que se ofrecían a las mareas altas comenzaron a desistir de sus intentos. Diezmados
y temerosos, los sobrevivientes fueron volviendo poco a poco a las ciudades
para sumarse al lento y difícil proceso de reconstruirlas. A pesar de su fe en
el futuro, nunca dejaron de estar alertas, de vivir con el temor de que, en
cualquier momento, un rebrote podía devolverlos al infierno por el que habían pasado.
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