jueves, 24 de diciembre de 2015


MAREA ALTA




A nadie sorprendió esa muerte. Episodios desagradables como éste ya no conmovían. Tan ensimismados estaban todos en el devenir de sus propios problemas, que los demás no les interesaban.
En ese caluroso atardecer de verano del año 2020, mientras la gente volvía presurosa de sus trabajos a refugiarse bajo sus equipos de aire acondicionado, una mujer yacía en medio de la calzada, tapada por diarios viejos y bolsas de residuos. Al cruzar la calle, la violencia de un automóvil la había convertido en un molesto despojo. En una foto oscura y triste, perdida entre noticias más importantes en el diario del día siguiente.
Testigos decían haberla visto distraída. Otra vez, el peso de la culpa iba a caer sobre la víctima. Como una forma de admitir que la calle, ese invento que desde tiempo inmemorial separa a los transportes de los peatones, pertenece a los que manejan. Y que la gente de a pie debía respetar la prioridad, la urgencia de los vehículos que pasaban raudos, experimentando a pleno el placer, la prepotencia de la velocidad.
Cuando dos días después, un automóvil arremetió contra un refugio donde varias personas esperaban un ómnibus, mató a cuatro y siguió su camino, un hálito de preocupación se instaló entre la gente. Nadie pudo ver la chapa de ese vehículo ni aventurar una explicación de lo que había pasado. Esa misma tarde, en una de las avenidas más concurridas de la ciudad, mientras varios coches esperaban la luz verde, uno arrancó en forma inesperada atropellando a una mujer con un chico. Fue entonces que una nube de pánico se expandió por toda la ciudad.
Los expertos miraban las estadísticas. Mientras estos episodios se encontraran dentro de la media anual de muertes por accidentes de tránsito, decían, no había por qué alarmarse. Eran pequeñas manchas dentro del ritmo acelerado y  entusiasta de las grandes urbes. Un efecto indeseado causado por los nuevos modelos que salían al mercado, pletóricos de adelantos técnicos.
Un mes después, todas las comisarías de la ciudad enviaron sus informes a la central. Recién en ese momento, pudo verificarse que estaba pasando algo fuera de lo común. La información remitida no hacía más que mostrar en las planillas lo que ya era visible en las calles: los vehículos arrollaban a la gente y huían. Es más, se protegían entre sí obstaculizando el accionar de la policía.
En poco tiempo, el problema se extendió como una epidemia. El efecto contagio estaba a la vista. Los automovilistas se animaban unos a otros a ingresar en la cofradía de los atropelladores, competían entre sí para ser los primeros en perseguir y derribar a los peatones más débiles e indefensos.
Los que eran detenidos, al ser indagados, contestaban a coro que el episodio había ocurrido por el descuido del que cruzaba, por su falta de atención. Y pasaba lo de siempre, salían libres.
Los testigos que se atrevían a declarar en contra de los automovilistas aparecían muertos en alguna esquina de la ciudad con un cartel intimidatorio pegado en el pecho.
La gente comenzó a salir poco o a no salir. Muchos compraron automóviles, las fábricas no daban abasto. Se pasaron de amenazados a amenazantes, de víctimas a victimarios, para poder gozar de los muchos clubes formados al calor de la sangre esparcida y los cuerpos mutilados, donde se contaban decenas de anécdotas, cuanto más crueles más festejadas. 
Mientras las mentes más sensatas trataban de entender lo que ocurría, convocando a reuniones en los más diversos foros, la prensa, los llamados diarios serios, adoptaron una actitud simple y contundente, el Estado tenía la culpa de todo lo que estaba pasando. La televisión acompañaba, repitiendo con imágenes, la misma jerga de los diarios.
Los ciudadanos de a pie, que seguían siendo muchos, estaban arrinconados entre los bestiales conductores por un lado, y la policía por otro, que dudaba entre proteger a los atacados o plegarse al grupo depredador  con su variedad de equipos motorizados.
Los pocos pensadores libres que tenían la audacia de disentir con la mirada impuesta por la prensa, no se dedicaban a buscar chivos expiatorios, analizaban con inteligencia las posibles causas del fenómeno, tratando de encontrar soluciones de fondo. Por desgracia, su repercusión y alcance práctico era muy limitado y, en muchos casos, silenciado.
Fue en esos días en que las agresiones recrudecían que los jóvenes tomaron una determinación.
Los primeros en rebelarse fueron los de secundaria. Fueron armando sus estrategias a través de las redes sociales hasta ponerse de acuerdo. No irían más al colegio. No hubo argumentos que los convencieran. Algunos padres, los más violentos, llevaron a sus hijos por la fuerza. Pero era imposible dar clase. Los chicos se escapaban de las aulas agrupándose en los patios de las escuelas y allí, celebraban sus asambleas, decidían seguir resistiendo.
Al poco tiempo, se plegaron los universitarios. Concurrían a las facultades pero elegían sus propios profesores. Se daban clases sobre el tema que más preocupaba. Cómo y por qué se había llegado a esta situación y de qué forma parar a la jauría de asesinos sobre ruedas que envilecía a la sociedad con su descontrol y su sed de sangre.
Ante esta situación, la preocupación social estaba dividida. Muchos pensaban que la educación no era primordial. Si los jóvenes no querían estudiar, que no lo hicieran. Se ahorraría una gran cantidad de dinero que podría utilizarse para otros fines, para ellos, más importantes. Los más audaces proponían bajar los impuestos, considerando las partidas que ya no sería necesario recaudar.
Los maestros desocupados se organizaron en brigadas que asaltaban los supermercados y las tiendas. La policía no alcanzaba a poder reprimirlos, tan ocupada estaba en defender peatones o atropellarlos.
Los más chicos no podían quedarse solos todo el día y las madres desertaban en masa a sus trabajos para poder cuidarlos. La situación, lejos de solucionarse, empeoraba.
Transcurrido un tiempo, la industria ligada a la educación quebró, como muchas otras, y comenzaron a escasear los profesionales. La salud de la población fue deteriorándose rápidamente. Los hospitales cerraban, la gente enferma deambulaba por las calles. Algunos morían atropellados por los feroces automovilistas, otros, exhalaban su último suspiro en la soledad de los parques.
En ese contexto desolador, grupos de hombres, mujeres y niños comenzaron a reunirse en  lejanos e inaccesibles lugares costeros. Invadían las playas o las zonas rocosas que quedaban al descubierto con la marea baja y caminaban hasta la orilla del mar. Allí se sentaban formando un círculo. Algunos cantaban, otros meditaban con la vista fija en el horizonte. Cuando la marea crecía, se tomaban de las manos hasta que el mar los cubría. Y así los encontraban los guardacostas que patrullaban la zona. En distintos puntos de la extensa costa marina del país, se fueron repitiendo estos episodios. Parecía imposible controlarlos, no había hombres ni máquinas suficientes. Y lo más grave, ni siquiera el suficiente empeño para hacerlo. Estos grupos solían armarse en el silencio y la oscuridad de la noche y esperar así la llegada de la marea alta. De esa manera, se hacía todavía más difícil localizarlos.
Por primera vez, los diarios y la televisión, las mayorías convencidas, atónitos, no sabían qué decir. Aunque muchos, en secreto, aplaudían la decisión de los que se inmolaban. Siempre habían pensado que reducir la población era una buena forma de solucionar los problemas económicos y sociales, las crisis reiteradas que los aquejaban.
Barrios enteros quedaron desiertos. Unos partían hacia las playas, otros, con rumbos desconocidos.
Los jefes de las bandas de atropelladores, frustrados por la ausencia de sus presas, trataron de reunirse con el poder político y plantear sus exigencias. Ya era tarde. Quedaban muy pocos funcionarios y casi nadie para ejecutar las órdenes que se hubiesen impartido.
La frustración los enfurecía aún más. En el paroxismo de su locura, organizaron grandes torneos en los tramos rectos más largos de las carreteras donde se enfrentaron entre ellos hasta extinguirse casi por completo. Los pocos que quedaron, aislados, desbarrancaban  sus autos desde lo alto de las montañas.
Sólo cuando se hizo evidente que la epidemia de furia desenfrenada había cedido, los que se ofrecían a las mareas altas comenzaron a desistir de sus intentos. Diezmados y temerosos, los sobrevivientes fueron volviendo poco a poco a las ciudades para sumarse al lento y difícil proceso de reconstruirlas. A pesar de su fe en el futuro, nunca dejaron de estar alertas, de vivir con el temor de que, en cualquier momento, un rebrote podía devolverlos al  infierno por el que habían pasado.


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