FARIDABAD
Al fin resolví lo que debía hacer. Reuní
mis ahorros y compré un pasaje de ida a Calcuta. Organicé mis cosas y, a los
pocos días, partí. Veinte horas después, aterrizamos en suelo hindú.
Busqué un taxi. Me hice entender por
señas que quería ir a la terminal de ómnibus. Allí saqué un boleto para la
ciudad de Faridabad, en el estado de Haryana, cerca de la frontera entre India
y Pakistán.
Luego de un larguísimo traqueteo en
ese pequeño transporte en medio de un ambiente irrespirable llegué a mi destino.
Tomé impulso y me lancé a caminar sin rumbo fijo.
Dicen los que saben que hay dos
maneras de conseguir que las pesadillas reiteradas no se vuelvan a repetir: una
es escribirlas. Reproducir con minucioso detalle todo lo que ocurre en ellas. La
otra es vivirlas.
Como no soy muy bueno para escribir,
elegí la segunda.
Solo, sin un centavo, apenas con la
ropa que llevo puesta y sin entender una palabra, me interno cada vez más en la
ciudad desconocida. Para terminar con esta agonía y, quizás, recién entonces,
poder dormir serenamente.
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