domingo, 17 de abril de 2016

El iluminado




Cuando Jerónimo Casadebal cumplió 22 años, su padre lo invitó a almorzar. Fue un hecho inusual. El padre se iba a las ocho de la mañana y no volvía a casa hasta avanzada la tarde atendiendo la empresa familiar. Lo llevó a su restorán preferido, reservado para las ocasiones especiales. Pidieron cada uno sus platos favoritos, hablaron de la melancolía de la madre, de la violencia del hermano mayor, de la dulzura de la nena más chica. Cuando llegaron a los postres, Petrel Casadebal le preguntó a su hijo qué ideas tenía para el futuro. Ya estaba en edad de asumir responsabilidades y tenía la secreta esperanza de que su hijo predilecto, en algún momento, se hiciera cargo del negocio. Para Jerónimo Casadebal no tener ninguno era su mejor plan. Ni siquiera se había detenido a pensar en su futuro. No veía en su horizonte carreras universitarias y, menos aún, trabajar al lado de su padre. Eso significaba un porvenir pleno de responsabilidades donde él, algún día, se tendría que hacer cargo de su familia.  Cuando ocurrió la crisis del 2001, su padre comandó el salvataje de la empresa, la sacó a flote. ¿Por qué no podía seguir siendo así por muchos años más?
Nacido a comienzos de los ochenta, Jerónimo Casadebal había crecido con la democracia.
Con la abulia de saber que los demás se ocupaban de lo que había que hacer.
Unos meses después, con su desilusión a cuestas, Petrel Casadebal le consiguió a su hijo un puesto en una enorme y prestigiosa compañía de seguros que, de acuerdo a sus deseos, le exigiría el mínimo indispensable de esfuerzo. Bastaría con llegar a horario, sentarse en su escritorio, desde donde tenía una magnífica vista de plaza San Martín, esperar la llegada de clientes nuevos o dedicarse a completar formularios siempre iguales de los que ya estaban en curso. Comenzó para Jerónimo Casadebal una época feliz. Esperaba con ansiedad la llegada de la hora del almuerzo. Sus momentos de mayor placer eran los mediodías soleados. Tomaba la vianda que traía de su casa, cruzaba la calle, se acomodaba en uno de los bancos en lo alto de la barranca del gran parque y dejaba que su vista se perdiera en la alfombra verde que se deslizaba suavemente hacia Retiro. Disfrutaba de su soledad en medio del ir y venir de turistas ruidosos sacándose fotos, mezclados con esa otra gente de carpeta y portafolio, seria y apurada, como si fueran en pos de objetivos definitorios para sus vidas.
Qué podía ser más importante, pensaba, que disfrutar de un descanso observando la pasión que los demás ponían en sus ajetreadas vidas, empujados por sus angustias y necesidades.
Su devenir, en cambio, se asemejaba al de un velero deslizándose en un lago, llevado como de la mano por una brisa apacible, envuelto por el sol de un día de primavera.
Eso fue así hasta un mediodía ventoso y nublado en que ese hombre osó sentarse a su lado, justo en su ubicación privilegiada, con una vista panorámica de la avenida del Libertador, la Torre de los Ingleses y el Sheraton, lugar que sentía de su propiedad. Ese hombre extraño, además, no se sentó en un extremo como enseña el pudor habitual dejando entre los dos la distancia necesaria. Ubicó su cuerpo en el medio del banco, como diciéndole que le disputaba su fantasía. Esa proximidad lo inquietó. Cuando la cercanía es tan estrecha, se pueden llegar a percibir los olores del otro y eso, cuando se trata de desconocidos, no es algo agradable. Las plazas, pensó, aun las más distinguidas, no pueden eludir su fama de refugio de toda clase de especímenes humanos y acontecimientos indeseables.
Algo incomprensible lo inquietaba y lo atraía por igual de ese hombre de vestimenta austera, parecido a un oficinista como él, pero venido a menos. Su pantalón de corderoy azul, zapatos negros y saco gris claro habían tenido, con seguridad, mejores épocas. Pero conservaban, observó, una distinción, un gastado señorial, un cierto aire profesoral. Sería un intelectual, se dijo, quizás para aventar otras ideas.
Sentados como estaban, no podía ver bien su rostro. Le pareció un descaro de su parte torcer la cabeza para mirarlo, pero su curiosidad pudo más y, al buscarlo con la mirada, se encontró con la de él. Era un hombre de unos cincuenta años bien llevados, tez muy clara, ojos firmes, cabello abundante y gris, que le confirmaban la presunción de estar frente a un maestro o un artista.
Cohibido, sólo se le ocurrían trivialidades y antes que balbucear incoherencias, prefirió el silencio. El otro sí habló. Conocía de lo que hablaba y no le costaba hacerlo. Fue directo, frontal.
Terminada su hora de almuerzo, Jerónimo Casadebal se disculpó, tenía que volver a su trabajo. No sabía bien por qué, pero estaba seguro de que iba a volver a encontrarse con ese misterioso personaje al día siguiente y también en los días sucesivos. Es más, que iba a desear encontrarse con él. Como si ese hombre, desconocido hasta ayer, le hubiera inoculado una droga que lo estimulaba con entusiasmo a dudar de sí mismo, de su pasado, de los hechos que ocurrían a su alrededor, de su familia, del mundo, de la historia de la humanidad, en la que nunca había pensado demasiado. Sintió que Jan Niilus, así dijo llamarse el extraño compañero de banco, lo llevaba por primera vez a ver una realidad distinta a la habitual, igual en muchos aspectos pero diferente en lo esencial. No podía pensar claramente todavía. Pero su mundo poco a poco mutaba. Se le ocurrió pensar en las serpientes. Una nueva piel aparecía, oculta bajo la conocida. Se imaginó como un juguete al que le fuera posible ver el mecanismo de relojería que se escondía dentro de sí, las piezas y engranajes que lo constituían, que le permitían ser quien era. Los mismos nombres y ámbitos se le aparecían ahora con distintos significados.
Pasaron un par de semanas y la exposición a esa rara persona le quemaba. Hubo momentos en que hubiera querido huir, salir disparado sin más, sin explicaciones. Pero no, algo lo atraía con tanta o más fuerza que la que lo repelía. Quedarse a escucharlo era acercarse peligrosamente a una llama atractiva y poderosa. El calor, irresistible, corría parejo con el terror de morir incinerado. 
Empezó a dormir menos, a las seis ya estaba en pie. Un sábado se lanzó a caminar sin rumbo por la ciudad durante varias horas; fue de Belgrano, su barrio, hasta Barracas. Allí tomó un colectivo cualquiera que lo llevó a la provincia. Sacó un boleto hasta la terminal. Cuando llegaron a Quilmes ya era de noche, el chofer lo obligó a bajarse. Parecía una locura, pero se quedaría allí el tiempo necesario para aclarar sus ideas, tomar decisiones. Agotado, se acomodó como pudo en un banco de una pequeña plaza mal iluminada. Invadido por una extraña tranquilidad, se durmió de inmediato. Soñó con Jan Niilus, que no dejaba de hablarle mientras recorrían juntos la ciudad y sus parques. Le había perdido el miedo, se sentía bien con su cercanía. 
Transcurrido el domingo, volvió con algunas frases grabadas en su mente.
Una fue: “soy el dueño de la clave del futuro de la humanidad”. Él la tenía y no sabía aún qué hacer con ella.
Otra: si poseía una verdad fundamental para el género humano debía difundirla, ser su portavoz. El mundo entero tenía que conocerla, marchar de allí en más en la dirección correcta. Basta de dudas y errores. De violencia sin sentido. De muertes innecesarias.
Perdió su trabajo en la compañía de seguros. No lo lamentó. Hacía tiempo que estaba incómodo, sus compañeros se habían transformado de la noche a la mañana en burdos títeres compitiendo entre sí en un teatrillo ridículo en el que él ya no quería participar.
Hizo un intento de hablar con su padre. Lo citó en un café a la salida del trabajo. La  desorientación  que le generaron sus palabras lo convenció de que mejor era dejarlo en paz.   
Retornó a Jan Niilus. Le pidió su dirección. Una persona así sólo podía vivir en Flores.  Allí fue una tarde fría de invierno a visitarlo en su casa, antigua como un templo romano. Le contó de su nueva piel, del azoramiento en que se encontraba.
Aquí hay algo del nirvana del príncipe Siddartha, le dijo Niilus; del sattori de Jean Gebser o los ángeles de Swedenborg. Le habló de esos personajes de los que nunca había oído, de los sucesos extraordinarios que habían ocurrido en sus vidas.
Jan Niilus, pragmático profesor retirado de filosofía, sólo había descubierto que Jerónimo Casadebal era un hombre común en una situación excepcional. Que el darse cuenta lo había asaltado de improviso en un momento cualquiera de su apacible vida de la manera más casual. Que él sólo había pronunciado las palabras justas para que el milagro ocurriera, mostrándole los pliegues donde se esconde la realidad y que permite, al verla, intuir hacia dónde va el mundo.
Y ahora él era un iluminado. Un portador de la verdad.
Imposible no responder a esa llamada. 
A partir de ese día, se dedica a frecuentar los parques de la ciudad. Comparte un banco o el borde de un árbol con una persona joven y le habla. Algunos lo escuchan. Otros, molestos, se levantan y se van. Por las noches se arrebuja en una bolsa de dormir de sus épocas de estudiante. Muchas veces, Jan Niilus lo acompaña.  


3 comentarios:

  1. La duda existencial, la genial idea de iluminarse por algún motivo, de manera inesperada e imprevista tener acceso a ese conocimiento oculto, infinito, que nos dotaría de la absoluta seguridad de ser feliz y el poder mágico de ser capaces de ayudar a otros a despertar y encontrar el camino de la sabiduría de la que en ese momento nos sentimos dueños.

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  2. La duda existencial, la genial idea de iluminarse por algún motivo, de manera inesperada e imprevista tener acceso a ese conocimiento oculto, infinito, que nos dotaría de la absoluta seguridad de ser feliz y el poder mágico de ser capaces de ayudar a otros a despertar y encontrar el camino de la sabiduría de la que en ese momento nos sentimos dueños.

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  3. Muy emocionante tu comentario. Me dice que captaste a la perfección el sentido delcuento. Se trata del "darse cuenta" de cómo funciona el mundo y la vocación que se despierta para transmitir "la buena nueva".

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